En el bar de la esquina sonaba Frágiles de Pereza. La hija de la vecina del quinto embadurnaba de pasta de dientes su cepillo del pelo, para limpiarle los dientes a su amigo el gigante. La rubia de la farmacia retorcía entre los dedos un mechón de pelo mientras reía sin parar las gracias del chico que descargaba el material, todas las semanas igual. Y nosotros estábamos sentados en un barco del parque. Fue justo en ese momento, lo recuerdo a la perfección, las 11:47 de la mañana de aquel bonito día de Septiembre. Tú dijiste alguna de esas tonterías que sabes que me encantan y entonces lo entendí, fue entonces cuando me di cuenta de que no podía haber sido más estúpida al afirmar que no existía el amor.
¿Sabes?, me he pasado dieciocho años viendo así el mundo… haciéndome a la idea de que esto que tenemos delante es lo que hay, y que no podemos hacer nada al respecto. Pero entonces llegas tú. Tú y tu mirada irremediablemente bonita. Me empujas contra la pared y me das un beso lento pero solemne, me acaricias las muñecas y me clavas los ojos hasta el alma. Me dices que me quieres y sonríes.
Entonces pienso en todas las veces que he sido capaz de hacerte sonreír de esa manera... Puedo parecer algo tonta, pero de repente me siento capaz de cualquier cosa... Incluso de cambiar el mundo.
Era ese preciso momento en el que la luna y el sol comparten el cielo, pero era la luna quien ganaba la partida y el frescor de la noche empezaba a colarse por las mangas de mi camiseta.
Avanzábamos todo recto, por una carretera interminable que parecía llevar a ningún lugar, y en la que no se oía ningún sonido a parte del motor y tubo de escape de su enorme moto negra, y el persistente zumbido del viento en los oídos.
Me abracé a su cálido cuerpo y recordé las palabras que susurraba apenas un par de horas antes:
-Estoy harto de todo esto, te juro que me iría ahora mismo si no te hubiera conocido...
-Pues vámonos.
-¿Lo harías? ¿Vendrías conmigo a cualquier lugar?
Sonreí a su espalda mientras le estrechaba más contra mí. Fue entonces cuando lo supe…
Iría contigo al fin del mundo.
Avanzábamos todo recto, por una carretera interminable que parecía llevar a ningún lugar, y en la que no se oía ningún sonido a parte del motor y tubo de escape de su enorme moto negra, y el persistente zumbido del viento en los oídos.
Me abracé a su cálido cuerpo y recordé las palabras que susurraba apenas un par de horas antes:
-Estoy harto de todo esto, te juro que me iría ahora mismo si no te hubiera conocido...
-Pues vámonos.
-¿Lo harías? ¿Vendrías conmigo a cualquier lugar?
Sonreí a su espalda mientras le estrechaba más contra mí. Fue entonces cuando lo supe…
Iría contigo al fin del mundo.

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